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Much more than a hotel

15 Abril, 2015

Mi gran pasión por Italia y por los viajes se intensifica cada vez que tengo una experiencia como la de estas últimas vacaciones de Pascua. Florencia siempre es un placer y alojarse en un verdadero Palazzo del siglo XVI sólo puede convertirla en sublime. Suelo pensar que cuando viajo he de sentirme, por lo menos, tan bien como cuando estoy en casa y con este último viaje, comienzo una serie de paradas por los lugares que más he disfrutado: hoteles especiales, casas de huéspedes donde me he sentido como en la mía propia, alojamientos verdaderamente auténticos regidos con todo el mimo y detalle que yo confiero a mi casa. Porque un hotel, como un hogar, alberga aquello que más queremos, aunque sea sólo por unos días. Desafortunadamente, las grandes cadenas suelen confundir el despliegue de enormes estancias y servicios con el número de estrellas que ostentan, estandarizando los espacios y olvidando a menudo lo más importante: los pequeños detalles. El olor de una habitación, la textura de un cubrecama o una flor en la mesilla marcan la diferencia. Esta vez, en Florencia y sin más estrellas que las del cielo de Toscana, he disfrutado del mayor de los lujos: el de las cosas bien hechas, la exquisitez de lo auténtico.

El Palazzo di Camugliano en Florencia, antigua residencia que el Marqués Niccolini se vio obligado a vender en 1824 para superar un bache económico, ha sido escenario de unos fabulosos días de descanso en la cuna mundial del arte. Lorenzo Niccolini fue el encargado de recuperar la propiedad para su familia 40 años después y el palacio continuó siendo hogar de los nobles hasta los 70, cuando se trasladaron a la finca Camugliano cerca de Pisa. Desde entonces, la propiedad ha conservado sus características originales y no ha cambiado más que para adaptarse a su nueva función.

Palazzo Camugliano Adela Cabre

Frescos del siglo XVIII decoran los techos y paredes de un espacio cuyo esplendor original contrasta con la sobriedad del atrezzo, elegido con finura, buen gusto y seleccionando los mejores materiales para deleite de los huéspedes. 10 habitaciones, 5 de lujo, reconvierten la alcova, la sala del piano o la pequeña capilla, en verdaderos dormitorios de ensueño. Nombrados por su historia como mi habitación Limonaia, donde la abuela del marqués amaba dejar crecer los limones frente a sus puertas de cristal, albergan confortables camas de 2mx2m, fundas nórdicas del mejor algodón, maravillosos cabeceros o sofás de lino y espectaculares mesas de madera maciza, sin ornamentos. Un delicado olor a limpio, luz tenue y música clásica coronan el ambiente de esta experiencia tan distinguida. Un completo viaje espacio-temporal del que he vuelto fascinada.

Palazzo Camugliano Adela Cabre
Palazzo Camugliano Adela Cabre

Para el desayuno o la hora del té, los exquisitos servicios del comedor vestían mantelería de hilo perfectamente planchada y se componían de fina repostería, deliciosas mermeladas caseras, embutidos artesanos o quesos de lecherías cercanas. El maravilloso jardín ampliaba el escenario de película de época: un auténtico lujo alejado de ostentaciones. Un lugar que no brilla más de la cuenta y cuya especialidad reside en lo que verdaderamente importa.

Palazzo Camugliano Adela Cabre
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